Dicen que los donostiarras nacemos con un GPS interno que siempre apunta hacia el mar. Da igual si ahora vives en Madrid, en Berlín o en un piso en el centro de Gros: si cierras los ojos, puedes sentir perfectamente el tacto de la barandilla de la Concha bajo tus manos. Ese diseño circular, las flores de hierro, el frío del metal en invierno y el calor cuando pega el sol de agosto.
No es solo una barandilla. Es el sitio donde quedaste para tu primera cita, donde llevaste a tus abuelos a pasear y donde te sacaste esa foto mítica que todavía tienes en el salón de tus padres.
Por eso, cuando nos propusimos crear este cuadro metálico, no queríamos hacer «un objeto de decoración más». Queríamos fabricar un billete de vuelta.
No es solo metal, es memoria
A ver, siendo prácticos: sí, es una pieza de metal cortada con precisión. Pero para nosotros es mucho más. Hemos querido respetar cada curva del diseño de Alday porque sabemos que, si fallamos en un milímetro, un donostiarra lo nota.
Lo mejor de estas piezas es que no pesan, se cuelgan en un minuto y cambian por completo el rollo de una habitación. No necesitas reformar nada; es ponerla y, de repente, ese rincón soso de tu casa ya tiene historia.

¿Negro mate o el Blanco «de toda la vida»?
Aquí es donde te toca elegir, y sabemos que no es fácil:
- El Blanco Original: Es el nuestro. El de las fotos de la infancia. Si quieres que tu salón se llene de luz y que cada vez que lo mires te parezca estar caminando hacia el Eguzki, este es el tuyo.
- El Negro Mate: Para los que buscan algo más moderno o industrial. Es sobrio, potente y queda de cine en oficinas o salones con un toque más minimalista. Es la barandilla de siempre, pero con un traje nuevo.
Un detalle: Si la pones cerca de una ventana, verás que con la luz del día la silueta proyecta una sombra en la pared que le da profundidad. Parece que la barandilla esté ahí de verdad, flotando.
Si tienes un amigo que se ha tenido que ir fuera por curro, regalarle esto es como mandarle un abrazo de su ciudad. Y si es para ti, es el capricho más justificado del mundo. Porque hay días grises en los que necesitas recordar de dónde vienes y cuál es tu sitio en el mundo.
No hace falta vivir frente a la Isla de Santa Clara para desayunar viendo la Concha. Solo necesitas un hueco en la pared y un poco de cariño por lo nuestro.
Un regalo para los que están lejos (o muy cerca)
Échale un ojo a los acabados y lleva un trozo de Donosti a casa!


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